Lorenzo Peña
Reseña de
Geoffrey Sampson, Writing Systems.
Londres: Hutchinson, 1987 (paperback edition).
Pp. 234. £ 12.95.

Geoffrey Sampson es una destacada autoridad en los campos de la lingüística general, el estudio de lenguas orientales y de los sistemas de escritura. Su conocimiento hondo y sólido de multitud de idiomas y el rigor de sus argumentaciones teórico-lingüísticas se aúnan, en este libro, con unas dotes poco frecuentes de divulgación para ofrecernos una obra que, estando a la altura de las exigencias científicas, es, no obstante, asequible a una amplia gama de lectores.

Consiste la economía del libro en ofrecer un cuadro de los principales tipos de sistemas de representación gráfica de los idiomas naturales, ejemplificándolos en sendas grafías típicas, para finalmente abordar algunos problemas de nuestra escritura latina, como el de la ortografía del inglés.

El enfoque de Sampson puede de algún modo cifrarse en una preferencia por la fonología generativa (la idea de que los fonemas, o unidades mínimas distintivas, de las lenguas naturales son [representables como] haces de rasgos distintivos universales y prefijados, al paso que cada uno de tales fonemas, teniendo una caracterización profunda, puede tener realizaciones de superficie muy alejadas todas ellas de tal caracterización, realizaciones a las que se llega por un proceso en virtud de reglas secuencialmente aplicadas), sólo que con algunos retoques.

Sampson rechaza, por un lado, la tesis de Chomsky de que esa fonemática profunda haya de tener una realidad psicológica. Y, por otra parte, introduce una modificación sustancial del enfoque al recalcar constantemente la gradualidad de todos los fenómenos lingüísticos --cosa harto distante del antigradualismo radical y el binarismo estrictísimo de la escuela generativa, en sus formulaciones oficiales.

A diferencia de los sistemas semasiográficos que sirven para representar directamente lo real, o lo imaginario, los sistemas glotográficos --únicos que constituyen escrituras-- representan directamente mensajes lingüísticos. Esa útil tipografía viene ilustrada por Sampson con esclarecedores ejemplos. Pero el autor --muy atento a lo complejo de las cosas del lenguaje y a la existencia siempre de transiciones-- nos muestra cómo se dan, en esto igual que en lo demás, situaciones intermedias, zonas de tránsito. (Véanse las pp. 35-6: la motivación es asunto de grado; hay grados de completez o defectividad; en general casi nada se presenta como all or nothing.)

Su apasionante discusión de la escritura sumeria lo lleva (p. 50) a concluir que `el más viejo estadio de la escritura sumeria ocupa un ambiguo terreno intermedio entre lo que claramente es semasiología ... y aquello en lo que acabó a la postre convirtiéndose la escritura sumeria: una grafía netamente glotográfica'.

Con gran habilidad expositiva va Sampson, también en capítulos ulteriores, mostrando al lector cómo han podido irse originando escrituras glotográficas a partir de precedentes semasiográficos, en una transición gradual, desarrollando y apuntalando así su tesis general de que (p. 49) `la preescritura ha desembocado en la escritura a través de un proceso lento de evolución gradual' y que `cuando las inscripciones se limitan a anotaciones abreviadas en lugar de oraciones enteras, tiende a difuminarse la distinción entre semasiografía y glotografía'.

Como hay, además, grados en el que una anotación sea plena o abreviada (Sampson señala al respecto que cualquier escritura deja de lado ciertos elementos pertinentes, p.ej. las nuestras generalmente los prosódicos, imperfectísimamente vertidos por los signos de puntuación, acentos etc.), y como, además, las escrituras acuden a menudo a combinaciones y recursos ad hoc o, por lo menos, incurren en inconsecuencias muy a menudo, el resultado es que en todo esto (p. 76) se perfila una serie de transiciones, matizaciones, nunca o sólo raras veces algo tajante.

(Como botón de muestra del gradualismo de Sampson, que penetra todo el libro, mencionaré cómo a propósito del chino dice, sobre una caracterización de esa lengua que, sin embargo, él mismo suscribe: `this statement is not wholly true'; en chino, más que en otros idiomas, es vaga `la línea demarcatoria entre las combinaciones morfémicas que son elementos establecidos de la lengua [palabras compuestas] y las que no lo son'.)

De entre las escrituras propiamente dichas (sistemas glotográficos), unos son logográficos --representan cada palabra por un grafema indescomponible en unidades gráficas que hagan las veces de sendas unidades lingüísticas--, mientras que otros no lo son; de éstos últimos unos son silábicos, otros fonemáticos, y uno (el coreano Hangul) «rasgal» (featural), e.d. tal que cada elemento gráfico mínimo hace las veces de un rasgo distintivo.

Apresúrase Sampson a --en el curso de sus exposiciones de detalle, todas muy atractivas-- mostrar cuán relativas y difusas son esas mismas fronteras que él ha trazado en su panorámica general.

Y es que la propia fonología está afectada por gradualidad. Hay (p. 103) casos intermedios entre que una unidad sea indescomponible y que sea un cluster (una secuencia), casos de coalescencia hasta cierto punto (vide p. 131 con casos del coreano, aunque sobran los ejemplos que nos son más familiares, p.ej. en el castellano actual), o a la inversa; al igual que casos en las que el carácter fonemático de una unidad existe pero no es muy real (no es tan real como el de otras unidades), e.d. casos de `estatuto fonémico meramente marginal' (p. 71; cf. p. 100, p. 106 y passim).

Merece mención uno de los datos que aporta Sampson y que sirven para corroborar a un enfoque gradualista: los coreanos representan las oclusivas no-aspiradas tensas como casos de geminación de las respectivas laxas y, por ende, como duplicaciones, como ristras de dos fonemas idénticos (p. 126).

(Algo parecido sucede con las geminadas en idiomas que nos son más conocidos. La diferencia en italiano entre las pronunciaciones de `camino' y de `cammino' no estriba únicamente en duración de la /m/, sino en intensidad también; no es arbitrario optar por una descripción en que se trate de dos /m/s seguidas o bien por una a cuyo tenor se trate de otro fonema diverso, la /m/ enfática, p.ej.; pero cada una de las dos es una descripción sólo hasta cierto punto verdadera porque tampoco es del todo falsa la descripción alternativa. Las cosas no siempre --ni las más veces-- son: o totalmente así, o totalmente no-así.)

Aparte de otros dos fallos que en seguida voy a señalar, paréceme que el mayor defecto de este libro es el abstenerse de abordar problemas filosóficos estrechamente conectados con los temas que estudia. En tal sentido pueden apuntarse varias líneas de investigación interesantes que, de haber venido siquiera esbozadas en este libro, lo hubieran enriquecido y le hubieran dado una mayor hondura, un mayor alcance teorético.

Una de esas líneas es la relación entre los sistemas logográficos y los «lenguajes ideales» programados o diseñados, sobre todo desde la obra de Frege, como expresiones mejores para cálculos lógicos e, indirectamente, para la expresión de todo el saber.

Sabido es que el más ilustre precursor de tales proyectos es Leibniz, quien consideró que su programa de una característica universal guardaba una afinidad con la grafía china, o sea con una escritura ideográfica (logográfica según la terminología de Sampson).

Los argumentos de Sampson acerca de las ventajas de una escritura logográfica son muy dispares de las motivaciones de Leibniz y luego de Frege y Russell a favor de escrituras conceptográficas. Mas ello, lejos de excluir un estudio de tales motivaciones en relación unas con otras, ha de incitar precisamente a una indagación de si se encuentra algún vínculo interesante entre esos diferentes lados del asunto.

Cabe a este respecto señalar que para Sampson (p. 301) el «lenguaje de la matemática» es una semasiografía y no una logografía, según lo prueba el que un mismo mensaje en notación matemática tiene diversas lecturas de una lengua a otra, y aun dentro de la misma lengua, pero posee en sí una estructura que no es la de ninguna de esas lecturas, por lo cual cabe concluir que la notación matemática no hace las veces de mensajes lingüísticos sino directamente del pensamiento, o de los hechos extramentales.

Un enfoque así sin duda es muy afín a la motivación de Frege --y, en parte, a la de Leibniz, al menos en la etapa más incipiente de los proyectos de éste último. Sin embargo el argumento de Sampson me parece muy débil y, en gran parte, refutado por la propia insistencia del autor en la gradualidad.

A tenor de las ulteriores explicaciones de Sampson sobre la existencia de notaciones más o menos incompletas cabría seguramente concebir, con ventaja, a las notaciones lógicas y matemáticas como sistemas logográficos parcialmente incompletos --y que, así, permiten fijar la atención sólo en algunos rasgos del mensaje, los pertinentes para ciertos teoremas y ciertas inferencias; en verdad se trataría de una concepción de tales notaciones como de medios para producir esquemas, que es el punto de vista de Quine al respecto, un punto de vista (a juicio de quien esto escribe) muchísimo más satisfactorio que la idea de un lenguaje artificial o ideal, que viene asediada por enormes dificultades epistemológicas (si es traducible, no permite llegar más lejos ni más a lo hondo; si no lo es en absoluto, ¿cómo podemos entenderlo o usarlo provechosamente para articular un saber expresado en lengua natural?).

Otro tema filosófico que Sampson hubiera hecho bien en no desatender completamente es el de la gradualidad; pues, al fin y al cabo, un enfoque gradualista como el suyo resulta difícilmente compatible con la lógica clásica, y ello no cabe pasarlo por alto. También hubiera sido de agradecer una exploración (a propósito de los preliminares teoréticos abordados en el cap. 2º, pp. 26-49) del isomorfismo entre estados de cosas y enunciados --verbales o gráficos-- según viene concebido en el primer Russell y en el Tractatus wittgensteiniano. Es de lamentar que no figure Hjelmslev entre los autores a los que se refiere Sampson, ni se hable de la concepción glosemática en fonología, que, si en algo es relevante, es en un estudio de los sistemas de escritura (ya que en esa concepción el fonema viene caracterizado en términos de pura forma, de suerte que la sustancia --gráfica o fónica-- le es accidental, con tal de que en cada caso estén dadas las oposiciones paradigmáticas pertinentes).

Uno de los dos fallos a que aludí más arriba es que Sampson no aclara en este libro cómo puede tener verdad un enfoque fonológico «profundo» como el de la fonología generativa pero despojado de toda realidad psíquica. ¿No se convierten entonces las entidades y reglas lingüísticas en fetiches, entoides hipostatizados pero flotantes?

El otro fallo es lo que al reseñante le parece una no suficientemente confesada preferencia de Sampson por escrituras logográficas. Sampson me ha convencido plenamente de que la ortografía --y, por ende, la escritura-- del inglés actual es, en medida no desdeñable, logográfica; que en muchos casos más que una correspondencia complicada de letras a fonemas, hay un «dibujo» que representa a una palabra, aunque eso no tiene por qué ser así en medida plena. Y muy convincente es también el alegato de Sampson de que tienen sus ventajas los sistemas logográficos. Únense en eso las simpatías del autor por la cultura china tradicional con una filosofía social que aflora queriéndolo Sampson o sin quererlo: frente a los valores intelectualistas de los estudiosos (p. 211: `pompous academics, for whom literacy is the alpha and omega of life... are far too ready to assume that all of humanity shares their particular scale of priorities') y frente a los radicalismos, una preferencia por un pluralismo de valores y por un equilibrio de consideraciones que no arrase nada, que no haga caso omiso de los intereses de ningún grupo social.

Lo que pasa es que tales actitudes desembocan a menudo --y es éste parece ser uno de tales casos-- lisa y llanamente en un conservadurismo a ultranza: en aras de no hacer tabla rasa de ningún interés (¿legítimo?), mantiénese todo incólume; en este caso, viénese a propugnar la intangibilidad de la actual ortografía del inglés, irracional si las hay. ¿No sería mejor ser, en eso también, un poco más gradualista?


Lorenzo Peña
(Instituto de Filosofía del CSIC)
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