Sobre cuatro obras de Mauricio Beuchot[nota]
Lorenzo Peña
Instituto de Filosofía del CSIC
Espíritu (Cuadernos del Instituto Filosófico de Balmesiana)
vol 38, Nº 99
(Barcelona, 1989), pp. 61-9. ISSN 0014-0716.
Copyright © por Lorenzo Peña, 1989

Cuatro libros que en su conjunto constituyen una valiosa contribución al estudio de importantes temas de lógica, metafísica y filosofía del lenguaje. Beuchot es un conocido investigador mexicano que, desde su posición aristotélico-tomista, trabaja con asiduidad en campos filosóficos como los mencionados en constante diálogo con la filosofía analítica contemporánea, siendo así su labor filosófica un exponente más de la profunda convergencia entre sendos estilos de filosofar: el escolástico y el analítico. Por su parte, Walter Redmond es un conocido historiador de la lógica, reputado entre los mejores --siendo también propiciador de fecundos diálogos filosóficos entre representantes de corrientes variadas.

No cabe duda de que la preferencia por uno u otro estilo de filosofar es algo que sufre alteraciones, en gran parte fluctuaciones de moda, difíciles de explicar según algún esquema de progreso. (Y conste que no estoy diciendo que no haya progreso en la historia de la filosofía; ni estoy, todavía menos, sosteniendo la tesis de Brentano[1] de que la filosofía, tras un corto auge y esplendor, ve hundir su historia en la decadencia en la historia de la filosofía.)

Decía Hegel[2] que, en el tránsito de la filosofía medieval a la moderna --tránsito que desde luego él valoraba muchísimo más positivamente que no lo haríamos Beuchot o yo--, si bien por un lado emancípase el pensamiento del encorsetamiento de los moldes intelectuales rígidos, externos y, a fuer de tales, obstructores del reencontrarse cabe sí, en todo, el concepto hecho espíritu en libertad, por otro lado sin embargo tal paso adelante venía, en ese estadio, afectado por un aspecto negativo, cual era el menosprecio y menoscabo del rigor, de la disciplina, del trabajo del concepto, del dolor y la templanza por lo negativo y lo ajeno o externo, por lo cual no se podía todavía llegar a una síntesis especulativa, sino que se incurriría en la ligereza del presunto saber inmediato.

Siendo sugestivo y bonito tal esquema, padece consabidos defectos y es tributario en cualquier caso del peculiar idealismo absoluto de Hegel: no nos interesa aquí sino sólo para subrayar ese aspecto negativo de la ruptura «moderna» con la Escolástica (aunque de paso permítome mencionar cuán relativo es todo eso: ni resulta claro que se aplique a todos los antiaristotélicos renacentistas; ni es tampoco verdad --como lo he señalado en otro lugar--[3] que se aparten de la Escolástica los más filósofos modernos; ni es cierto que filósofos como Leibniz estén más en ruptura que en continuidad con esa tradición aristotélica).[4]

Por ello --desde la perspectiva de una opción metodológica analítica, como la representada por el reseñante-- podemos lícitamente --sin desestimar en bloque el legado de esa «modernidad»-- ver en empeños como el de Brentano y en el surgimiento de la filosofía analítica con Frege un sano retorno de la filosofía a terrenos en los que efectivamente se da un fecundo reencuentro con la philosophia perennis no sólo por cuál método es empleado sino también por otros dos motivos: la concepción que se tiene de los problemas filosóficos mismos --que habían ido siendo alterados en la línea filosófica que va de Descartes a Husserl y, más todavía, en la filosofía eurocontinental posterior a este último-- y, de consumo con ello, la opción preferencial a favor del realismo gnoseológico.[5]

Los 4 libros a los que está consagrado este comentario ponen de relieve con suma claridad diversos aspectos de esas convergencias metódico-temáticas entre la filosofía analítica y la tradición aristotélica. El primero de ellos es un planteamiento, dialogante entre ambos estilos de filosofar, de los siguientes problemas: la metafísica y el ente; la esencia y la existencia; la substancia; la causalidad; la trascendencia (e.d. el tema de Dios y de la relación con él). Si bien Beuchot sabe recalcar con acierto los acuerdos metódico-temáticos más arriba apuntados, de ninguna manera deja en la sombra los desacuerdos, siendo en particular el de la alternativa entre la univocidad analítica y la analogía (que es una forma de plurivocidad) aristotélico-escolástica del concepto de ente aquello en lo que más insiste, sugiriendo con fuerza que la doctrina de la univocidad conduce a callejones sin salida de los que se libraría en cambio la tesis analogista. A mi juicio debiera matizarse ese enfocar en la alternativa univocidad/analogía la diferencia de planteamientos entre los analíticos y los escolásticos; y ello por dos razones:

  1. 1ª) no todos los escolásticos son analogistas (no lo son los escotistas --aunque también esto requeriría cierta matización);[6]
  2. 2ª) los más filósofos analíticos son plurivocistas[7] --y en verdad, no viendo asequible ningún recurso a la escurridiza analogía (escurridiza por su misma informalización,[8] que Beuchot parece reconocer a las claras), esos filósofos son en verdad equivocistas.[9]
Lo que sí se podría decir es, entonces, que es común a la filosofía analítica el rechazo de la noción aristotélico-tomista de analogía, y es común a la Escolástica el servirse de uno u otro tipo de analogía. Pero quizá donde se ve mejor esto último es en lo tocante a un recurso conceptual escolástico, del cual ciertamente se abstienen los analíticos, y que no es sino el de los célebres «en-cuantos» aristotélicos: si algo puede ser verdad bajo cierta cláusula reduplicativa pero sin embargo, a la vez, es falso bajo otra de tales cláusulas (si, p. ej., la decisión divina de crear el mundo es la misma, cualquiera que sea el mundo creado, en cuanto a su ser decisión divina, pero diversa en cuanto a su resultar en determinada obra), entonces estamos en presencia de una analogía que, ciertamente, nadie ha logrado tratar con patrones lógicos rigurosos[10] (nadie ha sabido proponer una lógica de tales cláusulas) ni seguramente se puede hacer, pues las tales cláusulas sirven para eso, para obviar conclusiones lógicas indeseadas que, de no ser por ellas, desprenderíanse de las tesis sustentadas en el respectivo sistema).

Que eso es una analogía se ve claramente así: o bien no es lisa y llanamente uno aquello que, tomado bajo cierto en-cuanto, posee una cierta determinación mientras que, tomado bajo otro en-cuanto, no la posee; o bien no es lisa y llanamente una en sendos casos esa determinación, cuando se le atribuye con verdad bajo un aspecto y cuando se le atribuye con falsedad bajo el otro aspecto; sea lo que fuere aquello que en sendos casos no es lisa y llanamente uno, ese «algo» tampoco es lisa y llanamente otro, e.d. meramente diverso: tiene una unidad de algún género (no-verdadera o no propia, dirían los tomistas; verdadera aunque imperfecta, dirían los suarecianos). Sólo en parte es en ese punto irreprochable el escotismo, al postular entre los en-cuantos una distinctio formalis ex natura rei (aunque no sin inconsecuencias).[11] Más, pues, que en la cuestión particular de la analogía del ente (o, mejor, de «ente»), más que en eso, pues, es en el recurso mismo a ese tipo de utillaje conceptual que envuelve la noción de analogía --en el apuntado sentido lato-- donde hay que encontrar lo irrenunciablemente propio de la tradición aristotélica, lo que resulta más inaceptable desde la perspectiva analítica; por la sencilla razón de que esta última no admite algo informalizable. Y es informalizable ese trabajar en dos casos con una noción que, con el pasar de uno a otro, se mantiene y no se mantiene.[12]

Comenta Beuchot la posición de P. Weingartner, uno de los analíticos que han postulado la plurivocidad de la noción de «ente» --acudiendo precisamente a la multisortalidad de los sistemas lógicos, e.d. al uso en ellos de variables de distintas «suertes», e.d. heteromorfas entre sí. El argumento de Weingartner, que cita Beuchot (p. 15 del primer libro reseñado), es que debe de haber diferentes tipos de variables para «individuos, propiedades, clases, etc.» según «la concepción tradicional y contemporánea de la metafísica»; y, además, que aun dentro de un mismo tipo lógico debe de haber diversos campos de variación de variables --«diferentes dominios (mundos posibles)». Aquí, sin embargo, es menester rectificar o puntualizar: cierto es que los más filósofos analíticos admiten --según lo he indicado ya-- esa plurivocidad (en verdad equivocidad total): mas llévalos eso a inextricables dificultades para exponer su propia teoría; y, además y sobre todo, hay excepciones: Quine, quien es resuelto univocista --y, a fuer de tal, partidario de sistemas unisortales, como efectivamente lo son sus sistemas lógico-matemáticos--; y, todavía más que él, los adeptos de lógicas combinatorias, o cálculos lambda libres, en (la semántica de) los cuales no se postula sino un único dominio de entidades, hasta el punto de que no sólo se admiten diferencias categoriales, sino que incluso las constantes lógicas designan entes de la misma categoría que cualesquiera otros.

(Uno de esos sistemas es el Cálculo de Determinaciones, CD, propuesto por el reseñante; otro es el de F. Fitch; en ambos casos se trata de formalizar sendas concepciones ontológicas, que tienen en común esto: reducir toda entidad a un estado de cosas --en el caso de CD trátase de la identidad entre un ente cualquiera y la existencia del mismo, e.d. el hecho de que él existe.)[13]

Por otro lado, ni todo el mundo admite que haya de haber dominios diferentes para los diversos mundos posibles --ni menos todavía que hayan de ser disjuntos, cosa que sólo aceptaría un D. Lewis-- ni, en cualquier caso, se requiere para esa diferencia de dominios en el recurso a un sistema plurisortal, según es bien conocido por cuantos han trabajado en lógica modal. En resumen: paréceme toda esa parte, central, del libro de Beuchot, con su defensa ardiente del analogismo tomista, un proyecto más que el resultado de un trabajo de elaboración conceptual y técnica; y un proyecto que desgraciadamente no presenta muchos visos de viabilidad, no sólo por la experiencia de otros similares como el de Bochenski, sino por las aludidas dificultades en el tratamiento riguroso de la noción de analogía; reconócelo Beuchot en cierto modo (p. 18), abogando por la lógica tomista, que sí la admite [a la analogía] en sus semántica», cosa que no hace «la lógica formal analítica»; sólo que presagia al filosofar analítico, de no acoger en su seno la analogía (¿y, por tanto, adoptar la lógica tomista frente a la moderna lógica matemática?), un «volverse a enredar en las mismas antinomias y contradicciones con las que se debatieron los presocráticos». Desde la posición filosófica del reseñante, vale más aceptar esas contradicciones y antinomias como verdaderas --acudiendo precisamente a una lógica paraconsistente--,[14] pues eso sí es viable según un tipo de lógica ciertamente no clásica pero, así y todo, totalmente perteneciente a la moderna lógica matemática, cuya fertilidad y cuyos patrones de rigor son superiores a los de la lógica aristotélica.

Al igual que en el capítulo que acabo de comentar, Beuchot, en los otros capítulos, va exponiendo con equilibrada ponderación diversos puntos de vista dentro del filosofar analítico, siempre en contraste con el, a su parecer, mejor sentir de la tradición tomista, haciendo ver las ventajas de este último. Mas ello nunca de modo viciosamente parcial, sino con sosegado espíritu crítico (aunque acaso un poco menos autocrítico). Grande es la riqueza de esas páginas, en cuyos pormenores ya no puedo entretenerme. El único defecto que me permitiré señalar es lo rápido de algunas de esas discusiones, debido sin duda al carácter mismo de la publicación en que se insertan.

El segundo de los libros reseñados es un denso estudio, rico en formalizaciones, de las teorías lógicas de Alonso de la Vera Cruz, Tomás de Mercado y Antonio Rubio; estudio riguroso, hondo, con profusión de datos y abundante bibliografía. Una joya para cualquiera que se interese por temas de historia de la lógica.

El tercero de los libros, La filosofía del lenguaje en la Edad Media, constituye una serie de estudios analíticos de las teorías semióticas de autores que van de S. Anselmo a S. Vicente Ferrer, pasando por el Aquinate, Occam, Buridán, W. Burley y muchos otros. Es grande la fluidez de Beuchot en su manejo de esos textos, atinada muchas veces su lectura, extraordinaria la erudición de que da muestras acerca de los trabajos de otros especialistas. El único defecto del libro estriba en lo repetitivo de la temática, al pasarse de un autor a otro --defecto inevitable salvo alterando por completo la estructura del libro y haciéndole perder su carácter de trabajos de historia de la filosofía. Carácter que, por otra parte, no impide que el libro sea a la vez un texto filosófico en el que se discuten --de pasada, eso sí-- las teorías semánticas de Kripke, Geach o Dummett, p. ej., en contraste con --y desde el transfondo de-- las teorías escolásticas.

Por último, El problema de los universales constituye un recorrido pormenorizado del tema al que está dedicado a lo largo de la Edad Media primero, y de la moderna filosofía analítica después, para, en cada caso, considerar tanto posiciones próximas al «realismo extremo» como otras próximas al nominalismo, optándose --según era de esperar-- frente a unas y otras por el realismo moderado aristotélico-tomista. Es un libro en el que cualquier lector interesado podrá aprender un montón de cosas. Permítaseme un par de reproches: la ausencia no sólo de los realistas «extremos» con quienes más parece discutir Abelardo (Gualterio de Mortagne, Joscelino de Soissons, su propio maestro Guillermo de Champeaux), sino también de Duns Escoto --cuya posición podría denominarse «realismo moderado» con tanto derecho como la aristotélico-tomista, si bien constituye precisamente una alternativa muy vigorosa a esta última posición y que ha gozado de amplia aceptación en la filosofía perenne--; segundo reproche: la inclusión entre los nominalistas tanto del primer Wittgenstein --sin tener en cuenta los análisis interpretativos de Hintikka, Stenius, Bergman y otros--[15] como de Quine, sin tener aquí en cuenta las aclaraciones y advertencias reiteradas del propio Quine y meramente aceptando como buena la acusación de nominalismo que le dirigen autores como Hochberg por el hecho de que Quine es extensionalista (concibe a los universales de modo que siempre son idénticas dos propiedades cuando todo lo que posee la una también posee la otra y viceversa):[16] Quine es sólo un nominalista programático o metódico; y, si se decide que, por definición, un realista extensionalista no es realista, entonces se redefine «realismo» de tal manera que no será ya realismo cualquier reconocimiento de la existencia, p. ej., del color azul --como algo distinto de las cosas azules.

Al margen de esas críticas, el último libro reseñado es, al igual que los anteriores (y más que ellos incluso), un texto cuya lectura cabe calurosamente recomendar.









Vide a ese respecto la obra de Brentano Geschichte der Philosophie der Neuzeit, reedición Félix Meiner V.; sobre la tesis brentaniana de las cuatro fases de la filosofía, vide E. GILSON, «Franz Brentano's Interpretation of Medieval Philosophy», en The Philosophy of Brentano, comp. por I. L. McAlister, Londres: Duckworth, 1976, pp. 56.67.




Hegel considera a la Escolástica (que no a Aristóteles, quien para él era un verdadero filósofo especulativo) como «una bárbara filosofía del entendimiento» (vide Lecciones sobre la historia de la filosofía III, trad. W. Roces, México: Fondo de Cultura, 150 pp.) y como «el extravío total del entendimiento escueto y seco» (ibid. 151 pp.); pero a la vez fustiga del modo indicado a una parte del movimiento antiescolástico, lo cual se liga a su denuncia de la filosofía del saber inmediato, p. ej. la de Jacobi, frente a la cual afirma que la razón no es nada sin el entendimiento, siendo en cambio éste algo sin la razón (Jenaer Schriften, SUHRKAMP, V., 1970, 551 pp.).




«Cosmología aristotélica y ciencia moderna: Consideraciones sobre un texto escolástico del siglo XVIII«, La Ciudad de Dios, El Escorial: Vol CC, Nº 1 (enero-abril 1987), pp. 21-35.




Sobre el enraizamiento aristotélico de la metafísica leibniziana vide mi libro El ente y su ser: Universidad de León, 1985, pp. 198-214.




Una generalización así no es irrestrictamente válida: entre los analíticos no faltan los enfoques próximos a uno u otro género de idealismo: al fin y al cabo ya el círculo de Viena debía al empiriocriticista Mach una buena parte de su progenie, y con razón se ha dicho que el neopositivismo de Carnap o de Ayer no era sino una modalidad del idealismo subjetivo de Berkeley y de Hume; y el más reciente no-realismo de Dummet es un avatar de ese verificacionismo idealista; también es conocida la evolución de Russell desde su realismo gnoseológico resuelto de 1903-1914 al monismo neutral y luego al idealismo neoberkeleyano; por último --y aparte de la relativa obediencia «neokantiana» de enfoques como los de Strawson, Rescher o Hintikka-- el relativismo ontológico en que desemboca Quine es una forma de idealismo trascendental, siéndolo todavía más abiertamente la reciente posición gnoseológica de H. Putnam. Con todo, es tónica preponderante del filosofar analítico el situarse en el realismo ya como punto de partida --en una posición que podría coincidir con el realismo metódico de Gilson o con un enfoque como el de N. Hartmann, quien ve en la empresa ontológica, más allá de un modesto campo exploratorio inicial, algo comprometido con el realismo--: y es ésa la actitud característica: de Frege; de Russell en el período más decisivo e influyente de su vida filosófica; de Wittgenstein en aquella parte del Tractatus en la que todavía no ha entrado en consideración el problema del mundo como vida; y de casi todos los filósofos analíticos recientes --aunque más acusadamente los norteamericanos, y menos los ingleses, propicios éstos a planteamientos no tan distanciados del strawsoniano, con la mirada puesta en el aparato conceptual que condicionaría nuestra concepción de la realidad--: filósofos como D. Lewis, G. Bergmann, H. Hochberg, A. Plantinga, H. N. Castañeda, R. Chisholm, R. Swinburne y muchísimos otros.




Para Escoto, el concepto de ente es unívoco aunque no es unívoco el término «ente» por lo siguiente: lo común a todos los entes, la natura communis de entidad, es una formalitas pero no una res ni una realitas, por lo cual entes de diferente categoría aristotélica --o bien un ente finito y el Ente infinito-- no convienen en ninguna realitas: la realitas es una naturaleza común dentro de la línea de una misma categoría, distinguiéndose así las realitates como grados metafísicos. Sin embargo, examinándose tal doctrina con cuidado, percátase uno de que el término «ente» para Escoto es de hecho unívoco, sólo que su univocidad no es igual que la de términos que designen realitates. Otro problema -en el que no entro aquí-- es el de la aplicabilidad de ese término a las diferencias últimas, cuestión harto espinosa en el escotismo.




Lo son porque reconocen desnivelamientos categoriales, e.e. reconocen «entidades« de categorías diferentes, donde son categorialmente diversos dos entes si y sólo si nada predicable del uno, con verdad o falsedad, lo es del otro; por tanto, no son predicables de ambos los vocablos «ente» o «existente». El problema es que entonces resulta indecible la propia teoría ontológica a cuyo tenor existen entes de sendas categorías. El problema ha sido ampliamente estudiado con relación a Frege y, algo menos notoriamente, con relación a la metateoría russelliana de tipos (o sea: a la exposición y justificación filosóficas que de su propia teoría lógica de tipos efectúa Bertrand Russell).

Sobre cómo está ese problema conectado con el inefabilismo a que llega Wittgenstein vide mi artículo «Relaciones, modos de combinación y signos sincategoremáticos en el Tractatus», Contextos Nº 8 (1986).




Cita Beuchot un trabajo, desgraciadamente poco conocido, de Bochenski y que constituía un intento (fallido) de formalizar la analogía. Analizar el fracaso de ese intento y su porqué serán objeto de estudio en otro lugar: lo esencial al respecto es que en definitiva lo que Bochenski articula es una noción no analógica. Lo interesante será mostrar cómo debe fallar cualquier intento de formalizar la analogía.




Como botón de muestra del reconocimiento de esa calidad de filósofo equivocista, vide N. Rescher «The Equivocality of Existence«, en Studies in Ontology, comp. por Rescher, Oxford: Blackwell, APQ Monograph Nº 12, 1978, pp. 57-66.




No es que nadie haya intentado hincarle el diente a ese hueso. Vide, p. ej., I. Angelelli, «Analytica Priora I 38 and Reduplication», Notre Dame Journal Theories of Qualification. Munich: Philosophia C., 1985; Geach, «Nominalism», en Logic Matters, Oxford: Blackwell, 1972; también Kit Fine ha esbozado un tratamiento de las reduplicaciones. Pero el balance es claramente negativo: en la medida en que algo se formaliza, no es, no puede ser, la noción aristotélica del «en-cuanto», a menos sencillamente que la formalización en cuestión sea tal que no autorice ninguna conclusión a partir de premisas que contengan «en-cuantos». De los citados planteamientos, el de Geach es el más ilustrativo, pues se limita a decir cómo una cláusula reduplicativa no podría ser lícitamente entendida.




Naturalmente los escotistas usan con profusión las cláusulas reduplicativas. Pero las más veces postulan alguna distinción formal extramental entre los dos «algos» tales que la diferencia entre ellos funde la aplicabilidad de sendas cláusulas reduplicativas. Lo que pasa es que no siempre sucede así --también a veces válese el escotismo de cláusulas reduplicativas sin otra justificación que un mero distingo rationis.




Podría alguien pensar aquí en una aplicabilidad de lógicas paraconsistentes, o sea de lógicas que autorizan como algo no-ilógico (en general) una contradicción. Y de hecho no sería descabellada tal aplicación: el profesor Diego Marconi, en su Introducción a La formalizzazione della dialettica, antología por él compilada (Turín: Rosengerb & Sellier, 1979) ha formulado la idea de formalizar con alguna lógica paraconsistente un discurso en el que no se mantenga un uso unívoco de todas las palabras --inspirándose para ello en la noción, propia del último Wittgenstein, de juegos de lenguaje: ¿por qué no va a haber un juego de lenguaje con plurivocidad? Y, si lo hay, ¿por qué no va a ser formalizable de ese modo? Es más: la primera de las lógicas paraconsistentes, construida por el lógico polaco Jaskowski en 1984, era ya concebida por su autor como poseyendo, entre otras, una aplicación eventual parecida a esa (aunque no idéntica a ella). Lo que sucede es que estamos en las mismas que con respecto a la dizque formalización de la analogía por Bochenski: el resultado no formaliza eso que se quería: porque lo formalizado en esos cálculos será traducible a algo formalizado en un cálculo normal con tal de haber prescindido de plurivocidad de términos --previa localización de los focos de tal plurivocidad--; además, esos cálculos con plurivocidad no privilegian a la plurivocidad analógica sobre la meramente equívoca; en tercer y último lugar, una lógica paraconsistente como la de Jaskowski, que es la que podría aplicarse a juegos de lenguaje con plurivocidad, está aquejada por graves defectos --a los cuales he aludido en «Tres enfoques en lógica paraconsistente», Contextos, Nº 3 y 4 (1984), pp. 81-130 y 44-72 respectivamente. No es, claro está, que las lógicas paraconsistentes sean rechazables: es que no parece constituir motivo válido para optar por una de ellas el deseo de usarla para formalizar la analogía.




Vide mi trabajo «Verum et ens conuertuntur: The Identity betwen Truth and Existence within the Framework of a Contradictorial Modal Set-Theory», en Paraconsistent Logic, comp. por G. Priest, R. Routley & J. Norman, Munich: Philosophia V., 1987; vide allí referencias a la obra de Fitch. Desarrollos técnicos de mi enfoque encuéntranse: en «Características técnicas y significación filosófica de un cálculo lambda libre», en Actas del I Simposio Hispano-Mexicano de Filosofía, vol. II: Lógica y Filosofía del Lenguaje, ed. por S. Alvarez, F. Broncano & M. A. Quintanilla, Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 1986, pp. 89-114; y en «The Calculus of Determinations», a punto de publicarse en las Actas del VIII Congreso Internacional de Lógica (Moscú, agosto de 1987).




Vide supra, n. 12.




Vide mi artículo citado al final de la n. 7, supra.




Poco importa el nombre de «clase» frente al de «propiedad», cuando según Quine la única diferencia entre clases y atributos --o «propiedades»--, de darse, sería que las primeras serían extensionales y los segundos no.